BLOG, LA BOCA MAGAZINE

El religioso ingrediente inmaterial.

BLOG, LA BOCA MAGAZINE

La religión condicionó de forma determinante la alimentación del mundo. Todas las religiones fueron en la misma dirección, condicionaron, revolucionaron e impusieron la comida de sus parroquianos. Crearon unos hábitos alimenticios arraigados. Y así continúan.

Callos de bacalao Los 5 Mejores

Callos de bacalao.

Hoy mismo, no se entendería la manera en la que se alimentan los pueblos, sin la religión. Una gran parte de las recetas de cocina de todos los países, tienen el ingrediente religioso en sus componentes inmateriales y culturales.

Ayuno y abstinencia eran comunes a todas las religiones desde el S. II. Se trataba de un acto de purificación del cuerpo, una llamada al espíritu, a un mejor equilibrio en relación con el alma y con Dios.
Comer poco y hacerlo con alimentos básicos y poco nutritivos era el objetivo. Con el devenir de los tiempos, los alimentos prohibidos fueron cambiando hasta que se centró en la carne. En aquellos siglos, eran solo pan, agua y aceite.

Moisés en la Tierra Prometida, por no ser puro, tener la pezuña hendida y no rumiar, puso en primera fila la prohibición de comer el marrano inmundo. Y así lo hicieron tanto el “cashrut” judío como el “halal” musulmán, lo que sin duda condicionaron su desarrollo en los pueblos de Oriente Medio. No en China, que fue lo contrario.

Lomos de bacalao Los 5 Mejores

Lomos de bacalao

Basada en normas de moral religiosa de obligado cumplimiento, la Iglesia cristiana estableció un camino, que nadie se saltaba… como para saltárselo. En la época de Carlomagno, al pecador que elaboraba platos sin tener en cuenta estos preceptos «dietéticos» de la iglesia, y le pillaban in fraganti, ¡le condenaban a muerte!

Medalla se denominaba, al jamón o trozo de tocino que colgaban los moriscos conversos en sus casas y a la vista, para demostrar su cambio de credo. De lo contrario, todos sabemos de sobra lo que les pasaba en nuestro país. Una atrocidad en nombre de la religión.

Otra atrocidad cristiana, que sin duda me pasma y me petrifica, el brutal refinamiento de la iglesia polaca. Por perverso, retorcido e inhumano. Una inmensa putada gastronómica, vamos. En la Polonia cristiana, no tengo referencia del siglo, al que le pillaban pecando, saltándose estas normas dietético-religiosas, ¡le arrancaban los dientes! ¡Pecas por comer… pues a beber toda tu vida pecadooorrrr! Coño, qué mala leche, qué siniestro dejarles toda la vida a papilla ¡Ni pipas! Jejeje…

Para concretar estos preceptos, la iglesia cristiana, dividía el año en: «días grasos», en los que se podía comer carne y «días magros», en los que las verduras y los pescados eran la dieta obligada. Eso sí, cuando se celebraba alguna festividad religiosa, marcada debidamente en el calendario, se solía festejar con alguna comida o dulces especiales, para los que no había ningún tipo de limitaciones.

Rosquillas de palo de Tierra de Campos. Palencia

Rosquillas de palo de Tierra de Campos. Palencia

La exigencia de la iglesia en días de abstinencia en los siglos pasados, provocó una reducción de la dieta cárnica durante más de ¡medio año al año! En el S.XIII y sucesivos, 160 días de abstinencia en la Corona de Aragón y 120 en la de Castilla. A estos días, había que añadir los preceptivos 40 días y 40 noches de Cuaresma, que totalizaban, 200 días a pescado en Aragón y 160 en Castilla… sin comer carne.

Por último destacar que es más que probable, que la especialización de los conventos de monjas en la elaboración de dulces, partiera de esta premisa fundamental: lo dulce nunca fue objeto de prohibiciones ni limitaciones. Siempre fue bien visto por la iglesia cristiana.
Además, podía ser actividad cotidiana de un convento durante todo el año, sin limitaciones morales, éticas, religiosas ni de calendario. Los dulces están unidos a la miel, las abejas y a su trabajo en comunidad. Su constancia, la utilización inteligente de la naturaleza… y algo más que cierra el círculo, la cera virgen para las velas, tan necesarias para el culto. Todo encaja a la perfección.

 

Alfredo Franco Jubete.

Compartir: