Para no equivocarse en Madrid

«El bicho» coronado nos ha robado el verbo compartir.

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Compartir, vivir, amar el paraíso terrenal. Por aterciopelada, seductora y sabrosa que sea la textura de un manjar… por evocadora y sensual que sea la brillante transparencia de un buen vino… no es nada si le falta el verbo compartir…

Mesa de té navideño.

Mesa de té navideño.

(Este artículo lo escribí hace 8 o 10 años. Me he encontrado con él de casualidad y me he dado cuenta que por desgracia está de plena actualidad. «El bicho» coronado nos ha robado el verbo compartir, el más social, el más deseado por los españoles. El que disfrutábamos en bares, restaurantes y tabernas a diario, con el que brindábamos, nos besábamos y abrazábamos «a diario»).

Aprender a disfrutar con pasión de nuestro tiempo, de nuestra vida… añadir vida a la vida requiere reflexión, madurez y considerar de vital interés una de las razones por las que hemos venido al mundo: ¡a vivir!

El hombre a través de las civilizaciones ha ido depurando la cultura del hedonismo. Ya griegos y romanos hicieron de la mesa un centro de atracción social, de reunión, fiesta e incluso de orgía. Hoy muchos siglos después, la sociedad nos educa en cultura de masas, pautas y relaciones sociales… tendencias y hábitos de consumo, también gastronómicos. Pero cada persona invierte o gasta su capital humano como sabe y puede.Paella de langosta

Personas, alimentos y cocina siempre han llevado vidas paralelas. Antes solo se comían productos de la tierra cocinados por la abuela, con familia y amigos de la misma procedencia. Hoy todos ellos son globales, en cocina también, se piensa en global y se actúa en local, como en otras muchas actividades empresariales.
Comemos cocinas tradicionales, contemporáneas, vanguardistas, asiáticas, latinoamericanas, europeas, indias e incluso la no cocina: la función biológica de los “fast food”.
Pero es curioso que en el burger el placer de comer casi no existe, salvo el que tienen un buen producto y el de compartir es muy limitado. Nunca he visto brindar a nadie en un “fast food”. ¿El plástico?, ¿la comida y la bebida?, ¿el local? Las personas son las mismas y sin embargo, en un bar lo ves a diario, incluso tomando una simple cerveza.

Quizás por esto no me gusta la comida nutrición, está reñida con el sentido social de la mesa, el más gastronómico de los sentidos. Comer y beber puede ser un placer solitario, pero en soledad hay menos placer, no se comparte el disfrute ni la interacción. La mesa hace al hombre más social y más libre.
Cuando era muy joven y estaba solo en casa, era incapaz de poner una sartén al fuego e incluso de cortar una simple rodaja de chorizo. Tenía la sensación esquizoide del que habla o ríe solo. Si mi mujer y los niños estaban de vacaciones de verano y estaba solo en Madrid, me bajaba a cenar algo a la calle.

La comida es un placer personal y colectivo, y junto con el vino, los mejores lubricantes sociales. Hay grandes platos sociales como: paella (en Levante sobretodo), fondue, sukiyaki, hot pot o huo guo, boeuf gros sel, barbacoa, espicha, teppan yaki, cuya interacción y diversión en su elaboración y degustación, colabora más si cabe a encontrar ese momento mágico de relación, diversión y momento feliz.

Asado popular. Los 5 Mejores

Asado popular

Antiguamente en los Países Bajos, en algunas de las Cámaras de Retórica, comían y bebían como Dios bendito y reflexionaban sobre lo perecedero de la vida, nada menos que en endecasílabos.
Y no en verso, pero sí en cuento, hasta el lobo compartió conversación con Caperucita y su abuelita, el placer social de comérselas… «qué dientes más grandes tieneeess… son para comerteee mejooorrr». ¡El lobo era español!

Las órdenes religiosas también lo hacían en una época pretérita, hasta que les prohibieron hablar y les ordenaron solo escuchar mientras comían. También hicieron de la mesa el mejor lugar para compartir plato, vino y conversación. Hoy en monasterios y conventos, antes de comer comienza la lectura de un texto evangélico. Una manera sencilla de asesinar el placer de la mesa y la conversación en nombre de la oración, con lo que cunde el día rezando en estos santos lugares.
Impusieron esta norma, porque en el pasado el vino calentaba la cháchara y el diálogo acababa fuerte en discusión. Redujeron la cantidad de vino por comida y monje a una emina, pero como no podían suprimirlo, eliminaron la plática.

Los que  practicamos  el placer social de ser anfitriones con generosidad y cariño. Los que nos apasionamos comprando y cocinando lo mejor, no lo mas caro, para disfrutar de algunos momentos que recordaremos siempre, sabemos que no hay nada a nuestro alcance que produzca tanta felicidad como compartir.

Por aterciopelada y seductora que sea la textura de un manjar… por evocadora y sensual que sea la brillante transparencia de un buen vino… no son nada si les falta el sentido social, sin el cual el placer es incompleto.

Huo Guo Casa Lafu

Sin compartir con amigos y familia no hay placer, no hay disfrute ni recuerdo. Compartir es la palabra, practíquela en el bar o restaurante. No importa lugar, hora, ni gentes. La clave está en saber crear o descubrir esas maravillosas vibraciones y aprovecharlas.
Compartir, vivir, amar es el paraíso terrenal. Invertir en compartir, tiene el mayor interés. Los mejores, los mas recordados momentos casi siempre están alrededor de una mesa. Ya que tenemos que relacionarnos, hagámoslo a lo grande. Nada de lo que hay a nuestro alcance origina tanta felicidad como compartir.
Es el verbo más importante de nuestras vidas, hoy secuestrado por el bicho. Pero cuando podamos, compartiremos en bares y restaurantes, como nunca lo hemos hecho.
A todos los que forman este colectivo, les envío un abrazo fuerte y cariñoso y mucha fuerza para el futuro.

 

Alfredo Franco Jubete.

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