Para no equivocarse en Madrid

Gran Café Gijón. El café de las letras.

LA BOCA MAGAZINE, Secciones, TAPAS DE LETRAS

El Gijón, el café fueron un producto cultural: narrativa y café, poesía y café, periodismo y café, política y café, tertulia y café. Su aroma es pensamiento y acción, reflexión y emoción. Las cosas se ven de otra manera con una taza de café en la mano.

En el Gijón se han hecho negocios, complots, obras literarias, bodas, periódicos, revistas espectáculo y de lectura, música, poesía, e incluso se ha vivido la historia. Bueno y cien estupideces yermas y estériles, que no han trascendido porque no han interesado ni a sus protagonistas. Tengo la sensación que algunos han valorado en exceso su persona y obra, solo por formar parte de la nómina tertuliana del establecimiento. Ellos entraron al Gijón pero la escuela de los contertulios nunca entró en ellos. Tampoco salió de muchos de estos cafés el olor a rancio, tan característico aroma de estos decimonónicos cafés.

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El Gijón forma parte de una exclusiva nómina de cafés del mundo con una historia única: Florián de Venecia, Greco de Roma, Procope, El Café de la Ópera, de París; A Brasileira de Lisboa, 7 Portes, Els 4 Gats, de Barcelona; La Casa de los Azulejos de México; Tortoni de Buenos Aires. El Gijón ha sido epicentro de la vida intelectual madrileña. Los escritores frecuentaban la soledad de sus mesas de mármol y el aroma embriagador del café. Y en ambos encontraban la inspiración y el ingenio para escribir su crónica y capítulo cotidiano.Pitita Ridruejo, Santiago Carrillo...

Qué más lógico que “un pinga”, un asturiano emigrante a Cuba en busca de fortuna, volviese a su patria con dinero ganado como camarero y fundase un café al que le denomine Gran Café Gijón. Esto sucedió en los años del Madrid romántico, en mayo de 1888. Lo francés estaba de moda arrebatadora, una simple tortilla francesa era de un refinamiento tan inusitado, que incluso formaba parte de los menús de bodas o banquetes de copete. Saber francés y demostrarlo era lo máximo. Por el contrario, en los barrios más modestos lo castizo, las corralas y la verborrea cheli era el otro furor.

El primer lleno del Gijón fue tras la inauguración del Teatro Príncipe 25-6-88. La bella Lucía Pastor protagonizó un “proyecto crónico lírico” de Perrin y Palacios que derrocharon gracia y simpatía a raudales. La habanera que la Pastor protagonizó preguntaba: “Decidme, muchachas / que el caso es sencillo: / El Café que les gusta a los hombres, ¿cuál es? ¡¡¡El caracolillo!!! (Con acento picarón). Qué maravillosa metáfora, voy a hacerla mía ya. Cuando me pregunten cuál es lo que más me gusta, voy a decir: ¡el caracolillo! Los cafés de esta época eran misóginos hasta el paroxismo: las mujeres no podían entrar solas, debían ser acompañadas y mantener una actitud más propia de una iglesia que de un café.

Antonio BanderasPrimeros nombres ilustres. Canalejas llegaba esporádicamente al Gijón en los atardeceres, pedía café y recado de escribir. Y parece que Don Gumersindo, el fundador, reconoció aquel cliente ocasional en las fotos de prensa que aparecieron con motivo de su asesinato. Don Santiago Ramón y Cajal apasionado cafetero y tertuliano, aparecía con cierta frecuencia acompañado posiblemente de colaboradores, que le escuchaban con delectación.
Valle Inclán compareció por primera vez en el café con motivo de la apertura de la terraza veraniega, ofrecía a primeros de siglo un menú infrecuente por 4 pesetas. Venía del Kursaal de ver a la telonera Anita Delgado, que pronto se casó con el Maharajá de Kapurtala. Allí se quedaba de tertulia hasta el amanecer.

El Gijón en estos años de principio de siglo, se convirtió en centro de la burguesía y la bohemia y la mejor terraza para combatir el calor. En 1914 cambió de propietario, el fundador se retiró a su Asturias natal y le pasó la propiedad a un peluquero vecino del barrio. Exigió en escritura pública que siempre que estuviese abierto como café, no podría llamarse más que Gran Café Gijón.

La edad de oro de los cafés. La dictadura de Primo de Rivera, los últimos tiempos de la monarquía de Alfonso XII y los años republicanos hasta la guerra civil significaron la cumbre de las tertulias de Madrid. El Gijón se convirtió en centro neurálgico de la actividad cultural y tertuliana. Podía verse a diario a Federico García Lorca, Rafael Alberti, al pintor José Caballero y en alguna ocasiones al torero Ignacio Sánchez Mejías con “La Argentinita”, que acudía a la tertulia de su amigo Federico. Vargas Llosa, Ricardo Zulueta...

Personajes de arrasadora actualidad de la época, hacían de la terraza todo un espectáculo nocturno veraniego. Pero llegó el 36 y la pasión condenó las tertulias a enconarse hasta límites cargantes: se retiraron saludos, se cruzaron miradas retadoras e insultos. Avanzó la guerra y el Gijón pasó a convertirse un anexo cuartelario hasta el final de la guerra.

En los años de la posguerra el café aparenta tristeza y desolación. Eran años del carburo, el gasógeno y el racionamiento, años de gran carencia que obligaba a los clientes a pedir un café y pasarse la tarde entera delante de una jarra de agua. Y como decía un pintor, dándole al bicarbonato, “porque algo alimentará”. Con este panorama, los camareros tenía doble trabajo: servir y anotar las deudas. El cerillero, también prestaba dinero sin comisión.

El país culturalmente es un erial, la censura férrea obliga a publicar textos sin contenido. Un grupo de jóvenes fundaron Juventudes Creadoras: José Gª Nieto, Pedro Lorenzo, Rafael Romero y otros como Julio Trenas, Camilo J. Cela, José Mª de Vega, Víctor Ruiz Iriarte. En la posguerra los cafés iban desapareciendo por falta de tertulias, el Gijón era considerado para el Régimen un foro de vagos y maleantes.

Paco Rabal con tertulianasUno de estos que no acudió al exilio, montó una tertulia de gran trascendencia fue Gerardo Diego. Era mayor la elocuencia de sus silencios que sus discursos.

En un tiempo se solía decir que el Gijón era el único café que se repartían bofetadas… en los años de la posguerra publicaba el ABC una lista de donantes que contribuían a alguna causa patriótica, al final de la lista de conocidos que habían dado 100,200 o 500 pesetas, aparecía Camilo José Cela con 0,50 pesetas. El recochineo en la tertulia era tremendo y Camilo había asegurado que como cogiese al bromista lo deslomaría a palos.
Tras muchas  chanzas y risas el poeta Jesús Juan Garcés confesó, sonó una bofetada y el poeta cayó por el suelo. Otra bofetada famosa sonó muchos años después… una tarde llegó un desconocido y preguntó: ¿es usted fulano de tal? El requerido, pensando que sería un admirador, asintió orgulloso y tras responderle, recibió una sonora bofetada. Su agresor dio media vuelta y se fue con gran naturalidad. Dicen que el antagonista fue Umbral.

César González Ruano fue el gran personaje del Gijón, aterrizaba por el café a las 9:15 de la mañana y se enfrascaba en su trabajo hasta la 1 de mediodía que comenzaba la tertulia a su alrededor.

José García NietoFrancisco Umbral fue otro habitual que dejó su maravilloso sello en el Gijón a base de dandysmo sin pelos en la lengua. Escribió su crónica sobre el café y sus personajes con su gracia habitual, he aquí su texto: “Aquella tertulia era como el rompecabezas de España, el único sitio donde se había conseguido el difícil equilibrio nacional, la reconciliación de las dos Españas en torno a una jarra de agua, y el que venía de las cárceles de Franco le llenaba el vaso al que venía de los cuarteles triunfales, y el que vestía la ropa bien planchada de los Ministerios le ofrecía lumbre al que fumaba el tabaco callejero de los perseguidos …”

En los sesenta ya no solo se bebía café, Joaquín Calvo Sotelo tomaba aperitivos de vino fino, Alfonso Paso pedía langostinos con coca cola y Enrique Diosdado y Tino Grandia percebes, la penuria estaba acabando al menos para algunos. Y un día sucedió lo inimaginable, todo el Gran Café Gijón se puso en pie y cantó el Cara al sol con el brazo en alto. Increíble, pero cierto, nadie desafinó ni una sola nota ni olvidó una sola letra. Unos jóvenes de cazadora negra, gafas de sol y pistola en mano fueron los responsables. Al día siguiente, unos se burlaron de los otros recordando el anhelo de sus voces, o el recuerdo de la letra que se supone nadie se sabía de memoria.

Hoy en el Gijón se come, se bebe, se cena y se vive la terraza con la misma clase y diversión de toda la vida. En fin, como diría José Esteban: “En el Café Gijón se está, por los demás se pasa”.

PD: Este es un antiguo artículo que escribí hace muchos años (¿en los 90´s?) para la revista Vino + Gastronomía. Aquella sección se denominaba «Especies Protegidas». Tras la entrevista al responsable, acordamos que sería más atractivo, narrar fielmente la historia del café partiendo de un documento tan atractivo como el Libro del Café Gijón.


Por Alfredo Franco Jubete

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